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domingo, 12 de febrero de 2017

La política que destruye vidas a la vuelta de la esquina.


Conozco a varias personas a las que están haciendo la vida imposible en su trabajo y a una, en especial, a la que han destrozado su vida laboral, familiar y social. Es cierto que hoy en día no se trata de una situación infrecuente, pero sí que lo es cuando se trata de una administración pública que, además, está regida por gente que dice trabajar por el interés general y por los derechos humanos y sociales de la gente. Conozco a esta persona desde hace años y conozco a los políticos y empleados públicos que están colaborando en esta tarea de destrucción de la vida de esta persona. Y no salgo de mi asombro. No logro entender cómo alguien puede hacer tanto daño a otro ser humano por el simple hecho de hacer valer su mando, que no autoridad, o de reafirmarse en sus odios viscerales. No puede comprender, salvo que uno descienda a las profundidades de lo peor de la condición humana, cómo se puede colaborar sin ningún tipo de escrúpulo e incluso vulnerando abiertamente la Ley, en la destrucción de la vida de otra persona. No puedo en fin asumir que existan responsables políticos y sindicales que miren hacia otro lado y que colaboren con su pasividad en tan innoble e inmoral ensañamiento sin detenerse ni un minuto a pensar en que detrás de sus acciones y omisiones hay un ser humano que con su trabajo sostiene a sus hijos, una persona con responsabilidades, un profesional al que han denigrado, sin una sola prueba que lo justifique, hasta lo más bajo cerrándole el paso para siempre al reinicio de su profesión en cualquier otro lugar.

Me preocupa y mucho la situación anímica de esta persona, el daño irreparable que le están causando intencionadamente y el negro futuro al que quieren condenarla. Y me preocupa sobremanera que eso se haga desde un gobierno porque pone en cuestión los principios éticos y morales que le impulsan. Hay quien pone en duda la existencia de ciertos principios universales que según el derecho natural subyacen en toda ley y tiñen toda actividad política. Y cuando pienso en esta persona y en todas las que están impulsando o colaborando en su destrucción personal me vienen a la cabeza algunos textos que bien pueden considerarse serios exponentes de principios elementales del derecho natural a los que antes me refería. Es muy difícil tratar de reconciliar la supuesta búsqueda de la felicidad y bienestar de los ciudadanos cuando se pretende construir sobre el cadáver de la felicidad y bienestar de unas personas concretas. 

No puedo dejar de asociar a este caso el Artículo 13 de la Constitución de Cádiz “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. ¿Puede imaginar alguien que el objeto de un gobierno pueda ser el contrario? ¿Se puede alguien creer que la felicidad de la Nación, del pueblo, pueda intentar construirse sobre la desgracia de los individuos, de las personas concretas? El derecho a ser feliz, lo contrario a que desde el poder destruyan tu proyecto de vida personal, ya se recogía en la Declaración de Derechos de Virginia, de 1776, prefacio de la Constitución de los Estados Unidos, uno de los textos emblemáticos del constitucionalismo universal, que proclama “Que todos los hombres son, por naturaleza, igualmente libres e independientes, y que tienen ciertos derechos inherentes de los que no pueden privar o desposeer a su posteridad por ninguna especie de contrato, cuando se incorporan a la sociedad; a saber, el goce de la vida y de la libertad con los medios de adquirir y poseer la propiedad y perseguir y obtener la felicidad y la seguridad”. Y la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 insiste en el mismo principio, "la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del Hombre son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los Gobiernos".

No me cabe ninguna duda de que el derecho a ser feliz es un principio, un derecho humano básico y universal que debe inspirar las leyes y las actuaciones de quienes gobiernan y de quienes forman parte de las administraciones públicas.

Y tampoco me cabe ninguna duda de que, conociendo al detalle el proceso de destrucción de la vida de esta persona y de su familia, existe un gran abismo entre la formulación de estos principios que, además, creo que están inscritos en el alma de las buenas personas, y la actuación concreta de unos políticos y empleados públicos tan sumisos que, seguramente, aplicándose la excusa de la obediencia debida dormirán a pierna suelta. Nada me gustaría más que cada persona que impulsa, que participa activamente o que simplemente mira hacia otro lado reflexionasen sobre su actitud y sobre las importantes consecuencias de la misma en la vida, el presente y el futuro, de una persona a la que están destruyendo. 

No se puede basar una política de personal sobre el miedo, la imposición, la venganza, los prejuicios, la ignorancia o la soberbia. La ecuanimidad, la bondad, la justicia, el estímulo, el liderazgo, el diálogo, la humildad y la consideración de los empleados como personas con proyectos vitales en marcha son ingredientes mucho más efectivos, inteligentes y adecuados para lograr el bienestar de los individuos que componen la sociedad política.

Sé que es mucho pedir, sé que es predicar en el desierto y tampoco puedo olvidar que como dice Mario Vargas Llosa “La política saca a flote lo peor del ser humano.” Pero aún así, no pierdo la esperanza de que alguna buena persona lea estas líneas y ponga fin a esta tragedia.

Santiago de Munck Loyola



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