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jueves, 1 de diciembre de 2016

Relato de una purga ideológica en Monforte del Cid (Capítulo VI).



Como quiera que en las tercermundistas condiciones en que se encontraba mi puesto de trabajo era evidente que no podía trabajar, pedí disfrutar de parte de mis vacaciones entre el 10 y el 21 de agosto, a ver si en este período de tiempo podían instalarme al menos un ordenador y un teléfono. Cuando me reincorporé el 24 de agosto aún no habían tenido “tiempo” de instalar ni el ordenador ni el teléfono. Ante la imposibilidad de trabajar comuniqué que iba a avisar a un notario para que levantase acta de la situación y, milagrosamente, dos horas después ya contaba con el ordenador y el teléfono.

La siguiente sorpresa que me llevo al conectar el ordenador es que no tengo acceso a los expedientes administrativos que venía tramitando, por lo que tengo que pedir por registro que se resuelva esa anormalidad. Y el trabajo se convierte a partir de entonces en una auténtica carrera de obstáculos que perjudica fundamentalmente a los administrados cuyos expedientes se ven sometidos a una tramitación lenta e ineficiente. El 25 de agosto me encargan por escrito la tramitación de determinados expedientes y simultáneamente el Secretario me impide en la plataforma digital acceder a los mismos o a los documentos que forman parte de los mismos. Se trata de una auténtica actitud obstruccionista del Secretario del Ayuntamiento que, convertido en un entusiasta partícipe del mobbing, parece haber encontrado en ello el medio de satisfacer sus pasadas frustraciones y complejos y cuyas arbitrariedades en la validación de documentos, por citar un ejemplo, son de libro. En menos de cuatro meses me veo en la obligación redactar varios informes y de meter por registro más de 15 escritos denunciando la falta de acceso a expedientes, la falta de acceso a documentos imprescindibles para continuar la tramitación de los expedientes o denunciando las obstrucciones arbitrarias del Secretario en la tramitación de los mismos. Todos estos escritos son dirigidos a la Alcaldesa y al Concejal de Personal y, a pesar del mandato legal al respecto, no se dignan a contestar por escrito a ni uno sólo de ellos. Eso sí, el 17 de septiembre, el Concejal de personal me llama a su despacho y en un tono francamente inapropiado me dice que con mis escritos denunciando la imposibilidad de desarrollar mi trabajo estoy entorpeciendo las tareas administrativas (sic) y que no lo va a consentir. Y, de paso, se permite el lujo de señalarme qué y qué no puede publicar mi partido, Esperanza Ciudadana, en las redes sociales. Le respondo que está equivocado, que a quien tiene que dirigirse es a quien bloquea mi trabajo (no tiene más que leerse todos mis escritos) y que en cuanto a la libertad de expresión no voy a polemizar con él, que si encuentra alguna publicación delictiva que se vaya a los tribunales. Al día de hoy no ha debido encontrar ninguna.

Todo ello se va desarrollando en un ambiente de franca hostilidad por parte de algunos de los nuevos gobernantes que contrasta poderosamente con la actitud de otros, como la del concejal de urbanismo, quien el 4 de septiembre me comunicó que quería que llevase los expedientes de disciplina urbanística de su departamento y con el que sinceramente se trabaja sin ningún problema. Esta hostilidad es tan evidente que incluso da lugar al distanciamiento de algunos compañeros de trabajo, algunos de los cuales consideraba amigos y que ahora están de perfil o mimetizados con las paredes. Algunos compañeros que a diario se pasaban por mi despacho para charlar un rato o tomar un café desaparecen de mi ambiente laboral. Tan sólo un compañero y amigo, junto con dos o tres compañeros más rompieron esa dinámica. 

Pero las presiones que algunos sufren parece que son más que suficientes para poner distancia conmigo. Ahora estoy “apestado”. Algunos compañeros reciben indirectas como “a ver a quién tienes de amigo en Facebook” o “ten cuidado con lo que le das a me gusta en Facebook”. El ambiente llega a tal punto que una auxiliar administrativa a la que le pido a finales de agosto que haga llegar un documento a la Policía Local, en la planta baja, me espeta “tú no eres nadie, no tengo que hacer lo que tú me digas”. Presentada la correspondiente queja es, por supuesto, ignorada. A lo largo del último trimestre de 2015, en dos ocasiones le pido permiso al Concejal de Personal para retirar mi efectos personales de mi antigua mesa y en las dos me da largas porque según él se tiene que marchar y no puede estar delante. Finalmente, en marzo de 2016 me comunicó que podía ir a retirar mis cosas y, por cierto, aún no he ido.

Algunos detalles más pueden ilustrar al lector del grado de miseria moral y de mezquindad de algunos. Un ejemplo, mientras que desempeñé la plaza primero de Secretario Interino y después de Gerente de Servicios Municipales aparcaba mi vehículo en el parking reservado del Ayuntamiento. Al ser relevado y designado nuevamente Técnico de Administración General empecé a aparcar el vehículo en la plaza, junto al antiguo edificio de servicios sociales que es donde estaba mi nuevo y flamante despacho. Pues bien, a los pocos días el Ayuntamiento instaló una placa prohibiendo aparcar más de media hora. ¿Casualidad? ¿Persecución? A partir de ese momento empecé a dejar el coche en otros sitios. Sin embargo, en un par de ocasiones en que no pude hacerlo y me excedí en la limitación de media hora de aparcamiento, le faltó tiempo a la Policía Local para llamarme y pedirme que retirase el vehículo. Al parecer mi coche era el único que no podía estar estacionado más de 30 minutos en esa zona, los vehículos de la Alcaldesa o de los concejales no tenían ni tienen ese problema, a pesar de la señal de prohibición y de que contaban con autorización para estacionar en el parking municipal. 

Otro ejemplo que ilustra claramente la discriminación de trato fue el traslado a finales de 2015 de la Oficina Técnica al solitario edificio al que me habían trasladado. Todas las dependencias del edificio, excepto mi despacho y el del asesor, fueron debidamente pintadas, amuebladas y equipadas. Incluso, a la entrada del edificio se instaló un cartel con el nombre de todos los funcionarios que trabajaban en el edificio excepto el mío, el TAG no existía, ni existe. Tan ilustrativo como lo anterior es el hecho de que en un decreto de alcaldía de 2016 reorganizando la estructura administrativa, decreto del que por cierto se podrían decir muchas cosas desde una perspectiva jurídica y burocrática, cuando se cita al TAG y se ordenan las funciones siempre se le sitúa en último lugar de los departamentos, por detrás de los auxiliares administrativos, justo lo contrario de lo que se hace con los demás técnicos. Casualidades de la vida. Y un último detalle, un día, al acabar la jornada vino a buscarme un buen amigo y empresario de Monforte del Cid muy conocido. Ya no quedaba nadie en el Ayuntamiento salvo la Policía Local en su retén y nos fuimos andando hacia un bar cercano. No habíamos recorrido ni cien metros cuando recibió una llamada de alguien del Gobierno Municipal quien, entre otras cosas, le preguntó qué hacía conmigo. Ni en la Corea del orondo Kim Jong-un.

Y de pronto, el 22 de febrero de 2016, el Secretario del Ayuntamiento ve culminado el sueño que llevaba persiguiendo infructuosamente desde hacía varios años, concurso tras concurso, y obtiene la plaza de vicesecretario en el Ayuntamiento de Elda. Por fin se puede marchar y con un mejor sueldo de Monforte del Cid, un pueblo que según él no le gustaba y en el que no quería ni atender personalmente a los vecinos “porque no le pagaban para eso”, asunto que a su llegada al Ayuntamiento en 2011 desató el primer roce conmigo ya que le recriminé su actitud. Los vecinos son, en definitiva, los que nos pagan y a los que los funcionarios nos debemos en primer lugar. Ni caso. Con nuevo público estará seguramente formulando al personal y a los políticos sus repetitivas preguntas ¿Lo he hecho bien? ¿Qué tal lo he hecho? ¿Qué piensa la gente de mí? ¡Qué descanso, por Dios!

A partir de este momento, la Alcaldesa de la mano de la Portavoz de Ciudadanos inicia todo un periplo más que interesante en la Diputación de Alicante para impedir que yo pudiera ser el Secretario Accidental del Ayuntamiento, puesto que me correspondería por ser el funcionario con mayor titulación y experiencia en el puesto, algo que, además, supondría el ahorro del sueldo anual de la Secretaría hasta que la plaza fuera cubierta de forma reglamentaria. Pero este periplo y las artimañas ilegales para conseguirlo merecen un capítulo a parte.

Santiago de Munck Loyola
https://santiagodemunck.blogspot.com.es

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