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lunes, 7 de noviembre de 2016

Relato de una purga ideológica en Monforte del Cid (Capítulo III).

Como señalaba en el capítulo anterior, asistí obligado a aquella tensa reunión entre la Alcaldesa, Antonia Cervera, y José Ramón Vicente Boyer. Previamente le había trasladado a la Alcaldesa mi opinión contraria a que fuera amortizada la plaza de JR y permanecí callado mientras ellos discutían. Cuando estaban finalizando, JR se volvió hacia mí y pidió mi opinión. Por varias veces me negué a darla, pero ante sus insistencia le dije que no compartía la decisión de la Alcaldesa, pero que la podía comprender y le puse un ejemplo: si tienes una empresa que no va bien en la que hay 4 empleados, 3 fijos y 1 temporal, puedes hacer un esfuerzo y retener al temporal si ves que se rompe los codos por la empresa, pero que si la familia del temporal se dedica a atacar a la empresa y a dañarla lo lógico es que prescindas del temporal.

A partir de ese momento JR me retiró el saludo. Se cruzaba conmigo por los pasillos del Ayuntamiento o en la calle y esquivaba la mirada o no respondía al saludo. Lo comenté con su concejal, José Manuel Cajal Ortega, y le dije que no entendía a JR, que después haber defendido su continuidad en el Ayuntamiento con uñas y dientes ahora ni siquiera me saludaba. Siguiendo su consejo, una mañana llamé a JR y traté de aclararle las cosas, le reiteré que en ningún momento había apoyado la idea de que se tuviera que ir del Ayuntamiento amortizando su plaza, que me había opuesto a ello y que el ejemplo que le había puesto era para que entendiera la posición de la Alcaldesa y que le sirviera como recomendación para preservar lo más importante, su puesto de trabajo. “Corramos un tupido velo” fue su respuesta, me estrechó la mano y se fue. Pero era evidente que algo no había entendido y que me había convertido en su enemigo. Sea como fuere, tanto por mi opinión, como por la de otras personas, lo cierto es que la Alcaldesa finalmente optó por no amortizar la plaza de JR quien conservó su puesto trabajo. No sé si la Alcaldesa, quien fue denunciada por Tomás de las Nieves por un presunto delito y que al día de hoy sigue en los Tribunales, se habrá arrepentido o no de su decisión, pero lo que sí puedo afirmar es que, a pesar de la persecución y acoso a la que me han venido sometiendo, yo no me arrepiento de haberle apoyado y de haberle aconsejado, aunque no le gustase que lo hiciera. Hice lo que en conciencia creí justo y a pesar de toda la persecución política y personal de la que estoy siendo objeto, lo volvería a hacer. Quizás habrá quien piense que soy tonto por ello, pero creo que lo que realmente nos diferencia a unos de otros no son los bienes materiales ni los signos externos, sino los valores y  nuestra capacidad de actuar en conciencia asumiendo los riesgos que ello conlleva. La gratitud no es algo que esté al alcance de todos.

Como señalaba antes, en este rocambolesco asunto se produce en un momento dado un giro notable en el que es clave el criterio del entonces Secretario del Ayuntamiento. Ante un escrito del Sr. De las Nieves en el que ponía de manifiesto la existencia de discrepancias en las medidas de los planos presentados por su vecino para la concesión de la licencia, el Secretario emite un informe para la Alcaldía en el que viene a decir que estas discrepancias constituyen nada menos que la posible comisión de un delito de falsedad en documento público, confundiendo claramente lo que según la Ley tiene la consideración de tal, y conminando a la Alcaldesa a que denunciase al Sr. Llopis ante la Justicia por la presunta comisión de ese delito so pena de incurrir ella misma en prevaricación en caso de no hacerlo. Y así lo hizo la Alcaldesa. Por primera vez el Ayuntamiento de Monforte del Cid denunciaba a uno de sus vecinos por la presunta comisión de un delito. Ni que decir tiene que después los servicios jurídicos de la Diputación de Alicante calificaron de profundamente erróneo el informe del Secretario, pero ya se había abierto la puerta penal. De este modo, un litigio que podía y debía haberse resuelto en el ámbito del derecho administrativo o en el civil, entró en el ámbito de la jurisdicción penal. A continuación, en el mismo ámbito penal, el Sr. De las Nieves denunció, al margen de a otros particulares, a la Alcaldesa, al arquitecto municipal, José Luis Azorín, y al Jefe de la Oficina Técnica, Ignacio Gutiérrez. Ya se sabe que desgraciadamente en el caso de los políticos el riesgo de ser objeto de una querella o denuncia por cualquier motivo, por peregrino que sea, va implícito en el cargo, sobre todo si con ello se logra que se le impute para tratar de inhabilitarle de cara a unas próximas elecciones, pero no así en el caso de los dos técnicos, uno funcionario de la casa y el otro asistente técnico. Creo que ninguno de los dos se merecía, ni se merece el calvario judicial y la angustia personal a las que se les ha venido sometiendo por intentar hacer su trabajo lo mejor posible. Por ello, cuentan con mi solidaridad y apoyo públicos y, en el caso de mi compañero y amigo, D. Ignacio Gutiérrez, al que conozco desde hace trece años, quiero además volver a subrayar, como ya he hecho en otras ocasiones, que es un gran profesional, honrado y una excelente persona. Todavía me cuesta comprender cómo haciéndole pasar por este vía crucis puede haber algunas personas que tengan la desvergüenza de mirarle a la cara, como si nada estuviera pasando.

Pero, volviendo al origen de este veto y persecución personal me vuelven a la memoria algunos hechos que ponen de manifiesto claramente cómo se fue extendiendo la ponzoña hacia muchas personas. Intentar mediar siempre es peligroso. Y me tocó hacerlo en alguna ocasión más como cuando agonizaba Francisca Boyer, madre de Ramón Llopis y tía de JR, una mujer fuerte, moderna para su edad y con una memoria privilegiada a la que yo apreciaba y quería mucho. Podría relatar muchos detalles de cómo ese odio venenoso se ha ido extendiendo entre otras personas y salpicando a gente completamente ajena al conflicto o a mi propia actuación profesional, como lo son mi mujer o mi hija Belén. Mucho golpe de pecho, mucha Misa, mucha catequesis pero uno de los envenenados llegó a negarle el saludo como un auténtico cafre en un velatorio en el que coincidimos e incluso llegar a no avisarla del fallecimiento de un familiar lo dice todo. No se puede pedir peras al olmo.

No puedo cerrar este capítulo sin antes hacer referencia a la amenaza e insultos recibidos en mi página de Facebook cuya captura, para que no quede duda, reproduzco. Insultos que, por cierto, se han hecho extensivos en las páginas de algún otro miembro de mi familia, lo que da una idea del “nivel” de algunos. A ver si queda claro: este es fundamentalmente un relato de hechos. Puedo equivocarme en los hechos y quien así lo crea y pueda demostrarlo no tiene más que hacérmelo saber. Si hay algún error en el relato de los hechos, lo rectificaré encantado. Pero una cosa son los hechos y otra muy distinta son las valoraciones políticas que en estas líneas puedan aparecer y a buen seguro aparecerán. Vivimos en un país de libertades y, entre ellas, la libertad de expresión es sagrada. No estamos en la Sicilia de los 80. Todo cargo público está sometido al escrutinio y a la valoración ciudadana, va en el cargo y en el sueldo. Así que del mismo modo que estoy dispuesto a rectificar cualquier error en el relato de los hechos en que haya podido incurrir, no voy a mover una línea de las valoraciones políticas que pueda realizar. ¡Faltaría más! ¡Ni amenazas, ni insultos, ni gaitas! Tal y como escribí en el primer capítulo “todo cuanto voy a ir relatando lo tengo documentado con testimonios, grabaciones y papeles así que vaya por delante el aviso, que nadie se moleste en volver a amenazarme verbalmente por escribir una u otra cosa. Al que no le guste que se vaya al Juzgado que allí le espero”.

Nos vemos en el siguiente capítulo que hay más.

Santiago de Munck Loyola.

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